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La Basílica de San Pedro y el Castillo de Sant’Angelo entre ilusiones ópticas y milagros en 150 segundos

La «Basílica de San Pedro» es la iglesia católica más grande del mundo, con sus 23.000 m². Se alza sobre los restos de una basílica más antigua, también dedicada al apóstol Pedro. La antigua basílica fue impulsada por Constantino, el primer emperador cristiano, quien la mandó erigir justo en el lugar donde el apóstol fue crucificado. Bajo la nave central del edificio se encuentran las «Grutas Vaticanas», un espacio solemne que guarda los restos de 22 de los 91 papas sepultados bajo la basílica, junto con algunas personajes reales.

La gran cúpula, llamada «cupolone», fue diseñada por Miguel Ángel como un verdadero ejercicio de perspectiva: al observarla desde detrás del obelisco vaticano, su silueta se encaja entre las dos piedras miliares de los arcos, formando un triángulo perfecto. El efecto visual da la impresión de que la iglesia se desplaza entre las estatuas, manteniendo siempre su forma. La plaza, obra maestra de Bernini, también está repleta de ilusiones ópticas. Sus 284 columnas fueron colocadas con tal precisión que, vistas desde un punto exacto del centro de la plaza, parecen acercarse y alejarse al caminar bajo ellas, e incluso cambian de color si se las observa orientados hacia la fachada.

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Situado en la ribera derecha del río Tíber, el «Castillo de Sant’Angelo» se conecta con el Vaticano a través de un pasadizo llamado «passetto». El papa Gregorio I cambió su nombre tras la aparición del arcángel Miguel, quien al enfundar su espada anunció el fin de una devastadora peste que azotaba la ciudad. Como recuerdo de ese milagro, bajo la estatua del arcángel se conserva un altar con una huella que, según la tradición, le pertenece.

La estatua actual se remonta a 1573. La primera estatua, hecha de madera, se desintegró en poco tiempo; la segunda, de mármol, fue destruida durante el asedio de 1379 debido al Cisma de Occidente. La tercera, también de mármol pero con alas de bronce, fue alcanzada por un rayo en 1497. Posteriormente, se colocó una estatua de bronce dorado que no sobrevivió mucho: fue fundida apenas 30 años después para fabricar cañones utilizados en la batalla contra los lansquenetes.

El acceso más emblemático para llegar al castillo es sin duda el Puente Sant’Angelo —también conocido como Puente Elio—, decorado con majestuosas estatuas de ángeles. Hasta 1668, en lugar de esas obras maestras creadas por Bernini, el puente exhibía cabezas decapitadas como advertencia para quienes desafiaban el poder del Estado Pontificio. En el siglo XIX ocurrió una anécdota curiosa: un paragüero del barrio de Borgo, apodado Mastro Titta, era llamado con frecuencia por la Iglesia al otro lado del Tíber… no para reparar paraguas, ¡sino para cortar cabezas! Entre sus víctimas más célebres se cuentan Cagliostro, el nigromante, y Giordano Bruno.

¡Una parada obligatoria para los apasionados de la historia, tanto peregrinos como turistas!